La prosperidad económica experimentada durante la época
victoriana favoreció las condiciones de vida de la
sociedad británica. El afianzamiento de la hegemonía en el ámbito
internacional, junto a la recuperación del prestigio de la monarquía
como símbolo de cohesión nacional, conformaron un modelo social en el
que las clases medias fueron imponiendo conductas basadas en la
sobriedad y discreción de las costumbres. El conformismo de esta clase
social (middle class) hicieron del culto al dinero, de la
exaltación al trabajo y del reconocimiento al esfuerzo individual los
elementos fundamentales para alcanzar la prosperidad económica. El orden
y la estabilidad se concretaron en el ideal doméstico y en la
independencia del hogar, centro de la vida familiar y templo de una
estricta observancia religiosa
Pero en realidad,
la sociedad victoriana siguió siendo una sociedad con profundos
contrastes y desigualdades. En los más alto de la sociedad seguía
manteniendo un papel protagonista la nobleza, propietaria de las grandes
fincas y heredera de los viejos valores sociales. Los nobles se
emparentaron, ahora mucho más, con la alta burguesía capitalista dueña
de negocios e industrias que prefirió unirse a las aspiraciones y modos
de la llamada upper class para acceder a sus títulos a través del
capital y del matrimonio. La clase media restante fue creciendo durante
el último tercio de siglo: comerciantes mayoristas, altos funcionarios,
profesionales liberales... Fueron éstos los que en verdad adoptaron los
principios puritanos que caracterizaron a la sociedad victoriana: vida
discreta y ordenada, austeridad económica, metodismo religioso y
conservadurismo político.
En las clases bajas (lower classes), los
artesanos especializados, con salarios suficientes y una buena
reputación profesional, formaban un grupo aventajado que supo mantener
su preeminencia gracias al peso de sus asociaciones laborales,
autorizadas incluso antes que los sindicatos. El último peldaño lo
ocupaba el proletariado, muy numeroso como consecuencia de la
industrialización. Se trataba de un colectivo que vivía con grandes
carencias, paliadas en parte a partir de 1850. El paro y las muchas
bocas que alimentar provocó que muchas hijas de estos asalariados
entraran a formar parte del servicio doméstico de la nobleza, de la alta
burguesía y clases medias; así, la servidumbre se duplicó en el último
tercio del siglo XIX. Las mujeres de la clase media tampoco tuvieron
muchas oportunidades laborales; la mayoría de las que querían tener una
carrera profesional se colocaron como profesoras. Las
condiciones de vida del proletariado fueron infames. En las afueras de
las ciudades, cerca de las fábricas, se construyeron barrios obreros (slums)
que, a consecuencia del continuo crecimiento de la población,
rápidamente se quedaban pequeños. Las familias se hacinaban en húmedas y
pequeñas viviendas en donde la falta de higiene originó graves
enfermedades y epidemias.
En otros asuntos sociales
como la educación también se incrementaron las intervenciones públicas.
El resultado fue un perceptible avance de la alfabetización y una
reducción del absentismo escolar ocasionado por la necesidad de
trabajar. A otro nivel, como consecuencia de las nueva realidad
económica y social, se fundaron nuevas universidades como la de
Manchester en 1851 y se reformaron con nuevos estatutos las viejas
universidades de Oxford y Cambridge. La sociedad victoriana, o al menos
las clases altas, se transformó gradualmente en una sociedad culta,
aunque sin grandes desvelos intelectuales, que gustaba de la lectura y
de asistir al teatro y los conciertos. La proliferación de colegios para
los hijos de familias aristocráticas permitió la implantación de un
modelo educativo muy selectivo basado en un ideario de corte
conservador.
Bárbara González
